Hace algunos años estando en la costa atlántica de vacaciones con mi familia, una mañana destemplada salí a andar en bicicleta, fui solo, puesto que mi hermano y mis amigos argumentaban que era un día horrible y era preferible dedicarse a otra cosa. Al cabo de un rato de iniciado el recorrido, por una irregularidad en el pavimento me caí, golpeándome en varias partes de mi cuerpo. Acto seguido, noto que se acercan hacia mí dos personas, una de ellas era un señor mayor, pero quien primero me tendió la mano para ayudarme a reincorporar fue un muchacho con síndrome de Down, y lo que más me llamó la atención fue su mirada de afecto mientras me recuperaba del mareo que tenía.
Transcurridos algunos minutos inicié el camino de regreso hasta mi casa, llevando la bici al hombro como prevención de otra caída aun peor que la anterior.
No tengo dudas de que los chicos Down, son personas que en muchos aspectos nos superan, puesto que tienen una sensibilidad espiritual mayor que la de los “supuestamente normales”; carecen de malicia y siempre están dispuestos a ayudar a quien lo necesite, tal cual lo he podido comprobar en persona. Fue excelente la lección que recibí ese día.
Por esto mismo y mucho más, nunca me cansaré de reiterar que la discriminación, sea por motivos raciales, religiosos, sexuales, físicos, mentales o ideológicos, representa una afrenta contra todas las personas de bien que habitamos este mundo tridimensional.
Foto: Dreamstime.com











