Un día como hoy, 9 de noviembre pero hace veinte años atrás, de hecho comenzaba el fin de la guerra fría que puso al mundo al borde de una catástrofe nuclear que hubiera terminado con toda la vida inteligente del planeta y gran parte de la variada fauna que a pesar de la depredación constante aún no se ha extinguido; esperamos que ello nunca suceda.
El grado de paranoia al cual se había llegado indujo a las principales potencias a desarrollar arsenales químicos, bacteriológicos y atómicos, incluyendo cantidades difíciles de cuantificar de armamento convencional. La letalidad de los mencionados arsenales era tal que hubiera permitido destruir al planeta en su totalidad no una sino muchísimas veces.
El ex presidente norteamericano Ronald Reagan pasará a la historia por haber sido quien gracias a su firme decisión de incrementar el presupuesto de defensa de su país, como nunca antes había sucedido, logró acelerar la caída definitiva de los regímenes marxistas en todo el mundo al no poder equipararse militarmente con Estados Unidos y por ende extinguirse de manera inexorable toda aquella estructura burocrática y esclavizante que fue el comunismo, con independencia de que el resto de las filosofías políticas fueran mejores o no.
Posteriormente surgieron otros problemas, pero al menos disminuyeron sensiblemente las probabilidades de que se produjese en un instante el apocalipsis, puesto son escasos minutos los que demanda un misil balístico intercontinental desde el momento en que es lanzado hasta que hace blanco en su objetivo. Cada uno de esos proyectiles era capaz de transportar ojivas atómicas con un poder varias veces superior a la de las bombas arrojadas sobre Hiroshima y Nagasaki, incluso podían ser disparados desde los numerosos submarinos que sigilosamente navegaban por todos los mares, buques estos muy difíciles de ser detectados incluso con los medios tecnológicos más modernos de que se dispone.
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Resido en la República Argentina. Soy Licenciado en Administración y trabajo como profesional independiente. Años atrás comencé a pilotear un pequeño pero excelente avión como es el Cessna 152, posteriormente otros y, por más mi cerebro sea el de un economista, mi corazón por siempre será aeronáutico.