
Parte de la sociedad Argentina pareciera haber olvidado que nuestro país, en flagrante violación del derecho internacional, provocó una guerra contra la tercer potencia militar de aquel entonces, apoyada por Estados Unidos y la OTAN; en semejantes condiciones la derrota era inexorable pero, afortunadamente, el número de bajas fue reducido si comparamos la descomunal disparidad en el poder de fuego de los contendientes.
Teniendo en cuenta que en los próximos años se firmará un nuevo tratado antártico, si Argentina no desea perder una parte importante de aquel territorio del continente “blanco”, que reclama como propio, no le va a quedar otra alternativa que establecer una correcta relación con los habitantes de las islas del atlántico sur. Para ello la única alternativa sería renunciar a la soberanía, a cambio de la participación en las ganancias por la extracción de hidrocarburos y la actividad ictícola.
En una partida de ajedrez es preferible sacrificar un par de peones, antes que perder dos torres, un alfil y exponerse a un posible jaqueo a la Dama. Un verdadero Rey da la vida por su Dama.
Lo enumerado anteriormente es altamente improbable que suceda por la rígida educación en cuestiones de soberanía que ha recibido la ciudadanía desde su infancia; resulta difícil que alguien se atreva a plantearlo ya que equivaldría a un suicidio político o un eterno ostracismo, para esto haría falta gente de la talla de Nelson Mandela o Mahatma Gandhi, no traficantes de influencias ni voceros de sus empleadores que no son otra cosa que mercenarios intrínsecamente cobardes e incapaces de mantener un mínimo de coherencia a lo largo de sus miserables vidas.
Alemania perdió parte de su territorio a manos de Polonia y la ex Checoslovaquia, además de soportar que los angloamericanos, en un acto de gentileza para con su gran amigo Stalin, le obsequiaran al bolchevismo el 40 % de su territorio y el resto de Europa del Este, por miedo a la Wehrmacht (cualitativamente las mejores fuerzas armadas de la historia de la humanidad pero comandadas por un psicópata criminal), que afortunadamente pudo ser recuperado tras la caída del tristemente célebre muro de Berlín. El que pierde una guerra tiene que dejarse de llorar y pensar en el futuro, pero para eso hay que tener voluntad y testículos.
Que las gallinas sigan en el gallinero, los buitres alimentándose con carroña y los cóndores dominando los cielos. Mientras tanto, los roedores deberían volver a las alcantarillas o a los basurales, que son los lugares de los cuales nunca deberían de haber salido.




















